Madurez
Se acerca, con paso lento, pero inexorable, la fecha de mi cuadragésimo segundo cumpleaños, lo que me convierte, además de en un superviviente, y a pesar de mi imparable regresión a la infancia en muchas facetas, en un "hombre maduro". Ya se sabe, se debe ser consciente de cuando se encuentra uno "nel mezzo del cammino", pero todos los acontecimientos que me está tocando vivir en los últimos meses han cambiado, por fuerza, mi modo de afrontar esa mitad de sendero.
Quizá sea porque cada vez entienda mejor el mundo, y por ello sea más capaz de reconocer que no entiendo nada de lo que pasa en absoluto. Sigo tan sorprendido como cuando era adolescente de la capacidad de hacer el mal (aunque sea pequeño y gratuito) del ser humano, pero ahora comprendo mejor los entresijos de la mente y de la respuesta social de los individuos de mi especie, y sé por ello cuidar, agradecer y alabar los buenos gestos, la bondad y la capacidad de amar a los demás.
Tener una mente trascendente, creedme, queridos habitantes de las galaxias lejanas, y ser ten limitados físicamente como somos es una grandísima putada. No sabemos los tejemanejes que han producido nuestra creación, nuestra evolución, el porqué de haber llegado hasta aquí, pero el dolor que produce trascender metafísicamente sobre tus desgracias no compensa nuestra capacidad de raciocinio. Los animales sufren por la pérdida, pero su instinto tira antes que el dolor, y automáticamente compensan su duelo con el devenir vital que impone la subsistencia. El ser humano tiene la pasmosa capacidad de recrear su pena en cualquier momento, llegando a un estado, incomprensible en el reino animal (biólogos del mundo, no me crucifiquéis, porque sé que estoy generalizando), que conocemos como melancolía, que mata, al igual que los domingos, más que las bombas y es la responsable de que los camposantos estén repletos de criaturas que desean dejar un bonito cadáver antes de tiempo.
Ser maduro, pues, sirve para sobrevolar la pena y la tristeza de los demás y para ser capaz de guardar la tuya en tu propia cueva para que los demás no sepan que existe. Sirve para concentrarte en las pequeñas cosas y en lo hermoso, que lo hay, que tiene nuestra existencia (Wyoming siempre recuerda la máxima de Savater que yo ya he hecho mía: "mentes complejas con gustos sencillos"), y sirve para saber encontrar la línea divisoria entre la cordura y la psicopatía, lo que te hace capaz de desechar esa idea peregrina pero persistente de dejarte llevar por las ganas de sembrar el pánico en la cola del supermercado con tu flamante katana de Hattori Hanzo (no por necesitar hacer el mal como respuesta emocional, sino por la aún más peligrosa emoción de hacer por hacer el mal y no sentir remordimiento, sino una verdadera calma espiritual por no se sabe qué extraño mecanismo mental de desprecio a la sociedad y al mundo que te ha tocado vivir, lo que se suele conocer como el síndrome "un día de furia").
En suma, la madurez sirve para conservar la cordura ante los desastres de opinión sobre los desastres naturales como el que está ocurriendo en Japón y no querer quemar determinadas rotativas. Sirve para soportar los devenires propios de una oficina, por mucho que esa madurez aún no te haya conseguido acostumbrar a la pantomima que supone el actuar en una empresa, pues creedme que no puede entenderse como comportamiento racional muchas situaciones que pueden vivirse en ella, un lugar tan antinatural y tan civilizado. La madurez sirve para ser racional y no comportarse como un descerebrado ante situaciones tan normales como puedan ser el demostrarse alegre y emocionado por lo mismo que tú te sientes profundamente desgraciado, y no agarrar por las solapas a aquel que se alegra y decirle "pero pedazo de gilipollas, no sabes lo que me ha pasado, no sabes que no puedo alegrarme, y por tanto deberías ser más cuidadoso con cosas que sabes que pueden ser letales en el ánimo de los que te rodean porque no han tenido la suerte que has tenido tú"; pero eso, amigos míos, es imposible, es impensable, es, incluso, hasta inhumano, así que sólo queda subir el volumen de los auriculares o emprender una oportuna huida al baño más cercano, terreno ideal para dejarte llevar por la pena, la tristeza, la incomprensión y el dolor con tu amiga y compañera infatigable, la taza de váter. La madurez es también agradecer al demiurgo que, a pesar de todo, hayas tenido la suerte de rodearte de hermosas almas en ese lugar de pantomima tan poco propicio para ello, y disfrutar de esas pequeñas cosas con éstas, como si te fuera la vida en ello.
Madurez. ¿En qué página se explica del gran libro del conocimiento? En el mío hay errores de impresión, páginas en blanco. ¿Y en los vuestros?



1 comentario
Agradece las páginas en blanco: tu sabes mejor que nadie que escribir en ellas, es tu libro y nadie lo escribirá mejor que tú. Es más, si alguien te deja una marca en una página, tienes que ser valiente y arrancarla.
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17 mar 2011 | 12:20 PM
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