La Coctelera

Las manos en los bolsillos

El mal

En El rey pescador, esa espléndida y excéntrica revisión del mito del Santo Grial en el Manhattan de los años ochenta, Terry Gilliam (tantas veces genio, tantas veces villano) hizo un ingenuo pero hermoso intento de crear una figura que encarnase el mal. Al pobre Robin Williams, en su trastorno, cuando la desesperación le atrapa, cree ver a un fantasmagórico y terrible caballero rojo que le persigue para fulminarle por las calles de la ciudad.

El mal se encarna en muchos hoy día, tal y como ha sido su costumbre en la completa historia de la humanidad. Ha corrido por la sangre de hombres ricos y poderosos, o en seres humildes tan taimados como sus tristes modelos. El mal se expande como la mala hierba en la brisa del atardecer.

El mal puede tener nombre y apellidos, o ser anónimo. El mal puede encarnarse en una dócil y tierna ancianita o en un impasible depredador vestido con traje de Armani. El mal se sirve de maleables y estúpidos esparcidores, llámense Sostres o Rouco, pero es más ladino y taimado como para hacerse ver tan fácilmente. Ni siquiera adopta precipitadamente la forma de señor bajito con bigote y traje azul, sino que se sirve de sus labios torpes para expulsar aquellas cosas que nadie debería decir, y que ahora se sirven en bandeja de plata para desayunos de todólogos contertulios de ese mal con mayúsculas que nos ha traído la televisión digital, en formato panorámico e, incluso, alta definición.

El mal gusta de retorcerse y enfangarse, frente al bien que se eleva etéreo por encima de nuestras cabezas en cuanto se manifiesta. No sé muy bien cómo explicarlo, pero lo mismo que el mal es sucio, como cuando sale de los labios de Michael Clarke Duncan en la pasmosa La milla verde, el bien refresca el aire en una sensación indescriptible.

Al igual que hay personajes que se creen guays, que se piensan que son enrollados, indescriptiblemente seductores y verdaderamente majos, y creen que es del todo imposible que puedan caer mal a nadie, se apelliden Martínez Márquez o Donés, hay personajes que juegan al peligroso juego de creerse en posesión de la bondad, mientras reparten maldad a manos llenas con completo conocimiento de causa. Pensadores que prestan su boca al mal para decir aquellas cosas que el vulgo inculto querría decir aún más alto que ellos, y que se sienten plenos sabiendo que con eso consiguen que lo que no debe decirse corra entre las calles como el viento. No son novedad, ya iniciaron guerras en el pasado y ahora, claro, no les importaría un ardite que volvieran a iniciarse.

Estoy perdiendo la esperanza de que el mundo, ahora sí, se convirtiera en algo mejor. Los siervos del mal siguen campando a sus anchas, y parece que nadie quiere iniciar la revolución definitiva, aunque todos la demandemos. El adocenamiento tiene esas cosas: nadie puede pensar en asaltar la Bastilla con la perspectiva de las vacaciones de Semana Santa. Yo me quedaré en Madrid, por si queréis uníos y, como diría mi querido Michaleen Flynn, juntarnos en la taberna para "planear pequeñas traiciones".

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