La Coctelera

Las manos en los bolsillos

La avería

Díganos a qué oscuras intenciones conduce el día a día. ¿Matar, por ejemplo? Cuéntemelo a mí que fui, y soy, un privilegiado. No me avergüenza porque lo merezco, y de no ser así, alguien ganó para mi ese mérito hace siglos. Pero no quita que pueda comprender cualquier circunstancia social. Se llama cultura.

A fuerza de bañarme en obviedades e inoportunismo, debo reconocer que no es de ley hacer una reseña de una obra de teatro que hoy cierra en Madrid, y que por tanto es imposible que mis lectores puedan disfrutar de ella porque, sencillamente, ya no van a poder asistir a El Matadero a ninguna función. El motivo, la excusa ha sido que he querido verla una segunda vez, y por eso me he demorado tanto en hablar de ella. Lo sé, y pido disculpas por ello, y por eso voy a ser necesariamente breve, pues tendríais por fuerza, para disfrutar de ella, que trasladaros a Barcelona a ver la siguiente estación de esta vía férrea en la que se asienta el oasis de clasicidad y teatralidad que es esta magnífica versión dramatizada del cuento de Friedrich Dürrenmantt llevada a cabo por uno de esos autores que sin serlo (aún, pero qué magnífico comienzo) te deja el ánimo ahíto de envidia de la sana: Fernando Sansegundo. Y de los actores ahora daré cuenta, pero debo mencionar al alma que ha apostado tan fuerte para que todo esto salga adelante, salvando no quiero imaginarme qué sinfín de contrariedades, y que es a la sazón directora y madre de todo el proyecto: Blanca Portillo.

La avería no nació para las tablas, por lo que la versión de Sansegundo sea quizá más pura y limpia en su teatralidad que un simple texto adaptado. Seis personajes se parten el cobre para llevar a escena una farsa y una lección de realidad atemporal. Con la excusa de una avería de coche, un viajante (aunque el propio Sansegundo confiesa que no quiso usar ese nomenclatura por obsoleta) se planta en una casa de campo que más tiene de irreal que de escenario de trama. En ella se dan cita cinco personajes que, a fuerza de ser estrafalarios, parecen más cinco arquetipos oníricos de un mundo que ya se despidió hace tiempo, atrapado y engullido por la fiebre y la prisa de la modernidad. Una cocinera única, un juez implacable, un fiscal feroz, un abogado vehemente y un verdugo entrañable unidos por una misma causa: están retirados, pero han pactado una suerte de sortilegio con el diablo que les hace recuperar su lozana juventud cuando se enfrentan con los oficios de su pasado en un juego que necesita una víctima propiciatoria, y un alma cándida que acceda: un acusado. Y así Traps, el incómodo viajante, se enfrenta a un cargo al que nunca hubiera sospechado tener que enfrentarse: al homicidio.

Ésta es, sucintamente, la trama. Para desarrollarla, Portillo se ha valido de las máscaras para encerrar en un cuerpo de anciano a cinco jóvenes actores (con un trabajo preparatorio, lo sabemos, agotador) que deslumbran en el escenario. Precisamente ese ardid nos acerca a un modo de entender el teatro necesariamente clásico, a pesar de enfrentarnos a un montaje a todas luces contemporáneo y, al mismo tiempo, diluido en el tiempo. Resulta indiscutible encontrar en ese espectáculo trazas de la esencia del drama de siempre, un drama de personajes, de enfrentamiento entre distintas personalidades que (y ése es para mí el acierto de Sansegundo y Portillo) equilibran sus desmedidas fuerzas en un juego que el propio espectador va descubriendo a la misma velocidad que el acusado propiciatorio, y al que se enfrenta, poco a poco, sin advertirlo hasta un despiadado final que pone sobre el estrado al hombre mismo, a la humanidad entera y a la modernidad frente a esa vida extinta de la vieja Europa que tan bien supo retratar, como mejor ejemplo, Thoman Mann en La montaña mágica. Así, más que diluirse, Dürrenmatt se enriquece más si cabe, pues el atuendo dramático le sienta a las mil maravillas al breve cuento, adquiriendo una fuerza que, en escena, pasma y asombra por su compleja simplicidad.

A Emma Suárez no hay que presentarla a estas alturas, y aunque su papel no es el más destacado, sus intervenciones sirven de nexo necesario entre todos y cada uno los personajes, pues con todos ellos comparte un momento de la función; y, deber es decirlo, está espléndida por ello. José Luis García-Pérez, al que la tele (yo ni lo sabía) ha hecho famoso, resulta convincente y hasta aterrador en el papel de esa clase de tiburón comercial que todos hemos conocido en algún momento, y que basa su existencia en la ambición sin freno; su interpretación, que sirve de contrapunto al resto de personajes anclados en un pasado incierto, a veces resulta pasmosa, pues literalmente se deja la piel en escena. Fernando Soto da vida al verdugo Pilet, un tipo entrañable encerrado en un cuerpo rudo y de escasas luces (son maravillosos sus continuos y disparatados refranes) al que Soto dota de una dimensión "humana" más allá del simple desarrollo actoral; fue una auténtica revelación, pues parece mentira que un personaje tan parco en ademanes sea capaz de decir tanto con tan pocos gestos (como esa maravillosa manera de estirarse el chaleco cada vez que su rol exige algo más de protagonismo). José Luis Torrijo, un viejo conocido desde aquellos remotos tiempos de la Abadía, y que siempre resulta un actor solvente y consistente, encarna de manera brillante al abogado gordinflón ("cuando cocina usted, Mademosielle, me siento orgulloso de estar gordo"), cuyo alegato final es demoledor. Y qué decir de Asier Etxeandia, cuya recreación del viejo fiscal Zorn, un personaje recién sacado de los Hermanos de San Serapión de E.T.A. Hoffmann, con ese inconfundible aire romántico (confesado por el mismo personaje durante la función), es, asimismo, devastadora. Y por último, pero no menos importante, el juez, Daniel Grao, con quien tengo la enorme suerte de compartir amistad (de tiempos de instituto, en el caso de Innes), que asombra con sus cambios de modulación, su expresividad y, sin embargo, su comedimiento a la hora de afrontar un papel tan propicio al paroxismo.

En definitiva, gracias a Blanca, Fernando y todos los demás por brindarnos un espectáculo original pero clásico, innovador pero ortodoxo, emocionante pero introspectivo, vibrante pero hiriente. Brindo por vuestro periplo con un buen vino (que, como dice el juez, "no manda ni transforma, sólo empuja"), con envidia (también de la sana, claro) por aquellos que puedan acercarse a disfrutar de esta lección teatral a las ciudades que aún restan de esa gira.

1 comentario

  1. Tú sabes y yo sé que esta crónica es digna de un gran aplauso, como la obra. Ya quisieran muchos escribir algo así. Gracias por hacerlo tú, y por hacerlo aquí.

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