Setenta y cinco años
Un día como hoy está marcado a sangre y a fuego en el calendario de todos los españoles. Setenta y cinco años hace desde que el levantamiento militar contra el Gobierno de la República se llevara a cabo en toda la España "de derechas", o a mejor decir, en aquellas provincias donde no había triunfado el Frente Popular. Lo que vino después fueron años de locura fratricida cuyos resultados conocemos muy bien, y que a la postre costó la vida a, al menos, doscientas mil personas; aunque todavía hoy día es una cifra muy difícil de calcular, pues la ocultación y la ausencia de una estadística fiable hacen de esa labor algo casi imposible.
Precisamente, esa ausencia de concreción es una buena metáfora de lo que supone la Guerra Civil española. Aquellas "dos Españas" de las que se quejaba amargamente Machado continúan presentes en la vida política, aunque cueste creerlo. España no ha cerrado heridas. E incluso algunas plumas, creyéndose en su derecho, gustan de echar más vinagre del que pueda soportar esa vieja laceración para que continúe doliendo, para que continúe sangrando.
Pero han pasado ya setenta y cinco años, y España es quizá el único país occidental que no ha sabido pasar página a esa negra etapa de la historia. Todos tenemos bajas en nuestro árbol genealógico, bajas lacerantes que han roto familias y que han impedido que hijos conocieran a sus padres, padres vieran morir a sus hijos (¿hay algo más terrible?) y nietos no hayan conocido a sus abuelos (como mi abuelo Juan). No en vano cálculos de evoluciones demográficas cifran en 540.000 la sobremortalidad de los años de la Guerra Civil y la inmediata postguerra, y en 576.000 la caída de la natalidad. Unas cifras que lastraron la demografía española durante lustros.
Y luego está la atrocidad, esas historias que salen a la luz en los cientos de obras y artículos que se siguen publicando y que narran hechos vergonzosos que no se justifican desde una perspectiva humana. O mejor dicho, que sólo pueden entenderse cuando son los seres humanos los encargados de sembrar un terror semejante.
Hay muchas imágenes que ilustran aquella desolación, pero mi favorita, precisamente por lo que se adivina, más que por lo que enseña, sea esta instantánea del maestro Robert Capa durante un bombardeo en Bilbao. Uno escucha el silbido de las bombas mientras observa el rostro preocupado de esa madre y esos transeúntes.

Gracias a todo esto la Guerra sigue muy presente. Y no sólo por los estragos que aún quedan en pie, sino por la iniquidad de los que ven ese pasado terrible con una nostalgia difícil de tragar y de entender después de tantos años. El luto, el desprecio, la rabia, la ira... ¿cuánto tiempo debe durar, cuánto tiempo debe anidar en los corazones? Y lo que es aún peor, ¿cuándo debió ser el momento en el que se debió pasar aquella página?
Objetivamente... ¿se puede hablar con objetividad, cuando, todos lo sabemos, hay demasiado hueso anónimo en nuestras cunetas y en nuestros osarios? Yo tiendo a ser pesimista en este asunto, porque hay demasiada gente, de uno y otro bando, anclada en el pasado, y porque hay políticos que no quieren ver que los gestos son necesarios para restañar heridas, y son precisamente los políticos los únicos que, por ahora, tienen la llave para llevar a cabo esos gestos tan necesarios. De uno y otro bando, también, de uno y otro bando.
Quizá haya que esperar a que una nueva generación que no esté directamente "tocada" por la contienda sepa afrontar su terrible legado con una disposición más valiente y sincera. La Transición tiene que dar por fin paso a una democracia madura, y, no nos engañemos, eso aún no ha sido posible. Ya empiezan a escucharse voces cansadas de todo esto, pero mucho me temo que aún no son suficientes.
Mientras, la dura realidad es que setenta y cinco años no se han demostrado suficientes para enterrar hachas de guerra y desenterrar víctimas. Esa es la realidad de la España de hoy, y no querer verlo es ponerse una venda que sólo el tiempo desatará y hará que caiga, al fin, al suelo (¿cuánto tiempo más?).



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