Edimburgo en una memorable jornada
Desde el escritorio de tu casa los viajes suenan lejanos, con un recuerdo casi hiriente. Hace nada, un par de semanas escasas, aterrizábamos en Edimburgo ya atardecido, y ahora, en paños menores por el calor, suena tan distante como si hubiesen pasados años de esa lluviosa tarde de agosto en el aeropuerto edimburgués. Los recuerdos se agolpan en la mente, y ni las propias fotos (cientos: viva la era digital) consiguen paliar las distancias.
Pero estar allí, y recoger el coche de alquiler, supuso mucho para nosotros, después del annus horribilis. Por fin iniciábamos un viaje "de verdad", y casi no podíamos creerlo. De hecho, nos fuimos con el ánimo por los suelos, pues Pitu nos dio un buen susto (que no pasó hasta tres días más tarde). Pero me voy a centrar ahora en lo que debo centrarme en esta entrada, describir mis sensaciones en Edimburgo, ciudad tantas veces soñada.
Escocia es un lugar único, y eso se nota nada más salir del aeropuerto. El número de "has visto eso" subió exponencialmente en el corto trayecto hasta el hotel. Bien es cierto que la culpa la tenían casas, iglesias y espacios tan típicos del paisaje escocés que un par de días más tarde ya no nos llamaban la atención, pero que en esos primeros momentos nos parecían simplemente mágicos, iniciando un síndrome de Stendhal que nos persiguió todo el viaje. Sin embargo, el verdadero contacto con la ciudad llegaría al día siguiente, en una especie de viaje iniciático que nos llevó desde la zona portuaria hasta la propia plaza del castillo.
Ese viaje iniciático empezó en las calles arrabaleras que desembocan en Leith Walk, un largo y ancho paseo que nos iba poco a poco introduciendo en el centro de la ciudad. Y, bueno, salvo las lógicas diferencias, no es precisamente una avenida hermosa, sino comercial y funcional, como la de tantas otras ciudades. Pero de agradecer fue que, en su último recodo, tuviese la virtud de dejar escondido el espectáculo de Princess Street (aka Princesa), verdadero tontódromo donde ríos de gentes iban de tiendas o simplemente descansaba en el parque que, de forma armoniosa, se extiende por los márgenes del río. El hotel Balmoral y el monumento a Scott son dos de sus puntos de referencia, especialmente el segundo, donde se arremolinan cientos de paseantes que aprovechan los muchos bancos para charlar o simplemente estar.

Pero lo verdaderamente apasionante, y en eso sí tuvimos verdadera suerte, fue coincidir con el Festival de Teatro. No pudimos disfrutar de ninguno de los espectáculos por evidentes motivos de tiempo, pero sí que vivimos con toda intensidad el ambiente que ardía en las calles del casco viejo. Me inflé a hacer fotos a la concurrencia, como podéis ver en la galería que he subido a Flickr. La Royal MIlle ardía en un delicioso y colorido bullicio plurilingüe y estrafalario. Y alrededor hermosas y viejas tiendas, encantadores pubs, iglesias desacraliazadas (algo que vimos repetidamente y que nos llamó mucho la atención) convertidas en locales de moda, pasajes angostos, plazas recónditas de espléndida arquitectura y un sin fin de rincones que obligaban a fijar la vista en una y otra dirección.
No me voy a extender más, que bastante me he extendido ya, y me queda mucho por contar. Sólo os animo a que echéis un vistazo a las fotos. Lo que puedo decir es que Edimburgo es una ciudad hermosa, paseable, amable y acogedora. Turística, claro, y más con el Festival y el Military Tattoo, que tenía los alrededores del castillo hirviendo de policías y figurantes (aún me tiembla todo el cuerpo del paso de los aviones a reacción en vuelo bajo por la ciudad), pero no desmerecía en nada una ciudad de porosidad histórica, vibrante presente y prometedor futuro. Un día evidentemente no basta para conocerla, pero sirvió para hacer la lógica promesa de volver en cuanto sea posible.
Pronto otra entrega. Y perdonad el monólogo, pero la ocasión lo merece. Ya veréis.



2 comentarios
Sigue contando cosas, porfa... lo describes de forma tan clara y bonita que es como estar viviendolo...
3 sep 2011 | 06:58 PM
Muchas gracias, Pitry. Lectoras como tú ya las quisieran muchos blogueros. Espero que nunca te decepcione. Un saludo afectuoso.
4 sep 2011 | 01:20 PM
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