Escocia al natural... o no
Si se cumple un sueño presente desde la adolescencia se tiene el peligro de quedar fácilmente defraudado. Cuando uno se imagina un paisaje, o un lugar concreto, se lo suele imaginar más grande, o más hermoso, o qué se yo, más único e inigualable. Y, claro, suele ocurrir que ni es tan grande, ni tan hermoso, ni tan único. Uno piensa en las Highlands, en el Lago Ness, en el Mar del Norte en su costa escocesa y se imagina enormes extensiones de tierra verde e indómita, lagos de agua oscura y misteriosas orillas, o un mar fantasmagórico e impenetrable en su engañosa quietud. Y sabéis una cosa: eso es exactamente lo que uno se encuentra:




Escocia no defrauda, sino que asombra, embelesa. Un país que mira a la naturaleza porque, literalmente, la naturaleza se lo come. Por tierra, mar y aire. Sé que suena exagerado, pero es lo que vieron mis ojos, sintió mi piel y respiró mi nariz. Por eso esta vez unas cuantas fotos valen tanto como las palabras, así que, por favor, no dejéis de visitar la siguiente entrega (estoy monográfico, lo siento) de imágenes de nuestro viaje a Escocia. En ellas encontraréis jardines dignos de un pueblo donde la horticultura y la jardinería son religión; entornos de castillos en los que te asombra que no se asomen personajes de Charlotte Brontë o Jane Austen; aguas quietas como muertas y lagos con más oleaje que un mar abierto; cielos infinitos de una gama cromática mágica; campos donde la mies se pierde en un azul marino lejano; solitarios patos recortados en la superficie argentea del agua al atardecer; y detalles, al fin, de una arquitectura que aún no os muestro porque espero hacerlo en una tercera entrega de un monográfico sobre una tierra que ya llevo en el corazón y que me acompañará hasta el fin de mis días.




En fin, os dejo, pues, con todas esas fotos que, si seguís este enlace, podéis ver en mejor tamaño.
Hasta la siguiente.



Escribe un comentario