La magia de un inaudito rescate
En una semana luctuosa, negra, aciaga, la vida sabe también brindar susurros que arrancan sonrisas muy de mañana. Justamente en esas horas en las que el cuerpo se rebela y no consiente estar presto para la batalla, cuando sabe que aún tenía que estar reposando en nuestro cotidiano lecho, a uno le sorprenden cosas. Pero para contar esta historia, nimia, inútil, como tantas otras que este blogger gusta de contar, debemos rebobinar un poco.
El ebook está pisando fuerte, pero por muy fuerte que quiera pisar los libros "físicos" siguen siendo lo que son: un objeto mágico que conserva en esencia y en letras todo la naturaleza humana, signifique esto lo que signifique. Y lo dice un feliz usuario de libro electrónico, al que sin embargo aún le gusta acariciar los lomos de un libro, oler sus entrañas, descubrir sus secretos y ver sus cantos alienados, sea en su humilde biblioteca o en las fastuosas salas de un castillo escocés.
Precisamente, para ejemplificar esa magia podemos servirnos de un autor metaliterario y deudor del retrato de la humildad y la mejor entendida mediocridad que podamos leer en nuestro tiempo: Sam Savage. Sus Firmin y El lamento del perezoso sirven en bandeja esa fastuosa forma de entender la dignidad del desarrapado, el valor del mediocre brillante constreñido en un sociedad fagocitada que no ha sido capaz de valorar y premiar su brillo.
Bueno, realmente, y aquí empieza el relato de los hechos, no se me ocurre mejor autor con el que pueda pasarte algo como lo ocurrido. Lo cierto es que las prisas en los viajes en coche no son buenas consejeras, sobre todo cuando son dos sólo los ocupantes y no hay ningún problema de espacio en el vehículo. En nuestro caso, en agosto pasamos de dos escuetas maletas que "colaran" como equipaje de mano al despiporre orgiástico de "me llevo lo que me da la gana" para pasar tan sólo seis días fuera de casa. Y qué ocurre en esos casos: el maletero acaba lleno, inexplicablemente lleno. Y no sólo eso, sino que parte del equipaje viaja en utensilios tan poco apropiados como bolsas de plástico del supermercado o, incluso, directamente suelto sobre alguna de las maletas, pues el ascensor nos deja justo ante el portón del coche. Y así pretendía viajar nuestro ejemplar de El lamento del perezoso, suelto por si a Innes le daba por leer un rato en el largo viaje a Barcelona, o porque simplemente no se dedicó tiempo a guardarlo en alguno de los bultos.
Y uno, que es de natural brutico a la hora de cargar con bártulos, se echó encima un buen número de maletas, bolsos y bolsas en ambas manos, y un par de libros sueltos, entre ellos el Savage de marras, con tan mala fortuna que el desnivel creado a la hora de manipular una de las maletas hizo que el libro resbalara fatalmente y acabara deslizándose, sin remedio, por el hueco del ascensor.
Creedme, el sordo ruido de un libro cayendo por ese enorme hueco tan antinatural, escuchado desde la más absoluta impotencia (os podéis imaginar los rápidos pero inútiles ademanes para evitar su caída), es horripilante. Y admitid tu torpeza posteriormente es aún peor.
Recuperada la compostura, y admitiendo primero que, bueno, es un libro de bolsillo, barato, que no tiene más valor que el que tiene, que no merece la pena el esfuerzo de hablar con el portero y pedirle el favor, que por cosas como esas hay porteros que hasta se molestan, y que en definitiva la razón parece decir que es más importante pensar en el viaje inminente que en la pérdida de uno de los cientos de libros que pueblan tus anaqueles, lo dejamos ir como un mal inevitable y perteneciente, ya, al pasado inmediato, sonriéndonos pensando que al bueno de Savage seguro que le habría hecho mucha gracia saber que uno de sus libros había acabado siendo un cadáver "exquisito" en el hueco de un ascensor.
Luego, ya en frío, sientes la lástima. Es un libro al que coges cariño. Yo ya lo había leído, pero Innes no, y estaba justo en ese proceso irreversible que generan los buenos libros, en los que te ves en la necesidad imperiosa, como pocas necesidades en el mundo, de terminarlo. Pero el viaje y las cosas (las putas cosas de la vida) hacen que al final te olvides, con el paso de los días, e incluso de las semanas, y todo se quede en una anécdota, una más de las que pueblan el particular universo que nos rodea a Innes y a mí.
Pero para que una simple anécdota tome cuerpo de historia se necesita un hecho extraordinario, algo que saben muy bien los cuentistas, y que hacen del relato breve uno de los géneros más queridos por autores y lectores. Esta semana, en una de esas somnolientas mañanas de comienzo de semana de vuelta al colegio (ya sabéis que, desde muchas perspectivas, para mí el año empieza en septiembre), una inesperada llamada de Innes me sacó de mi letargo postducha. Pero la llamada tenía un motivo maravilloso, inusual, casi casi inaudito: nuestro ejemplar de El lamento del perezoso lucía, magullado pero exultante, en el pequeño escaparate donde nuestro portero coloca los avisos urgentes o los pequeños objetos perdidos de la finca. Aquí os pongo una foto para que veáis cómo lucía.

Lo que vino después, además del episodio admonitorio del propio portero, asegurándonos que no hubiese habido ningún problema en molestarle para recuperarlo, que peores cosas le han pedido, fue recuperar nuestro libro, algo sucio, marcado y, en general, herido, pero no de gravedad.
Sí, es sólo un libro, pero hay objetos que adquieren un especial protagonismo cuando sobre ellos ronda una historia diferente. Un libro se crea, se corrige, se edita, se fabrica, se distribuye, se almacena, se envía a una tienda, se expone para su venta, se ve, se toca, se elige, se adquiere, se guarda en una bolsa, se desembala, se planea su lectura, se inicia la misma, se acarrea, se sostiene en difíciles posturas, se disfruta y, si el resultado es satisfactorio, se guarda en la memoria, se marca su contenido más destacado, se leen en voz alta sus mejores fragmentos, se manipula por última vez y se almacena en tu casa, en el rincón dedicado en este caso a la narrativa internacional contemporánea, y se guarda ahí, a salvo, para volver a cogerlo de nuevo cualquier día, sosteniéndolo en la mano y ejercitando la memoria para recordar en qué momento de tu vida pasó por tus manos, y hasta dónde pudieron transportarte las historias que contiene. Y, a veces, también se cae por el hueco del ascensor, y se rescata...
Y aquí acaba la historia de este inaudito rescate. Espero que os haya gustado. Lo repito, una historia nimia, inútil, de esas que provocan sonrisas muy de mañana y que hacen de esta vida, a veces, algo maravilloso.
Muy en la línea del devenir cotidiano de Polidori, cazador de pequeñas cosas.



2 comentarios
:)
22 sep 2011 | 03:44 PM
"Y no tienes que creerte los relatos para que te gusten. Me gustan todos. Me encanta la progresión del planteamiento, del desarrollo y del desenlace. Me encantan la lenta acumulación de significados, los brumosos paisajes de la imaginación, los recorridos laberínticos, las laderas boscosas, los reflejos en los estanques, los giros trágicos y los deslices cómicos."
Y leerte a ti. Un fuerte abrazo.
25 oct 2011 | 07:49 PM
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