La nueva cabecera y Malick

Ando aún aturdido por la visión de la nueva y flamante obra de Terrence Malick, El árbol de la vida. También fascinado porque sea una cinta que se esté pasando en cines convencionales (y con éxito de taquilla) en horarios y salas que poblarán los fines de semana no seres solitarios y raritos como éramos los que hemos podido verla entre semana y en horario vespertino, sino adorables "famas" que se meterán en la sala sin tener ni puta idea de lo que van a ver, arrastrados por el reclamo de Brad Pitt (como aquellos que iban a ver Los puentes de Madison para ver a Eastwood pegándose unos tiros, y casi vomitan), y que a buen seguro saldrán con menos puta idea cuando acabe esta densa, difícil y larga película. Ya me ocurrió con El nuevo mundo, en el que hubo gente que se levantó a mitad de metraje, abandonando la sala entre juramentos. Pero hay que aprovechar que a esas horas esos centros están vacíos, y encima de que se puede ver y escuchar la película con una calidad asombrosa, también puedes disfrutar de la versión original, que era de ley en este caso.
¿Soy un pedante porque me gusta Malick? Hace ya tiempo, en esta misma página, os hablé de él en varias ocasiones (si tenéis interés haced una búsqueda con "malick" en la casilla a tal efecto), advirtiendo sobre todo de que para mí (y mira tú por dónde, también para Boyero) su cine es simple y llanamente poesía en pantalla grande. Pues bien, El árbol de la vida es pura y simplemente una vuelta de tuerca más en ese modo de entender el cine tan particular del bueno de Terrence.
Sobre el tapete, al margen de una suerte de falso documental (visualmente apabullante) sobre el origen de nuestro planeta y de los seres que lo habitan (dinosaurios incluidos), la trama es poca cosa: evitando spoilers, la vida de una familia de cinco miembros (más perro y gato) en los Estados Unidos del tercer cuarto del siglo XX. Un padre honesto pero autoritario, una madre comprensiva y cariñosa, y tres hijos que viven su adolescencia como otros cientos miles de chicos de la época. Poco más. Bueno, sí, un prácticamente mudo Sean Penn que vive esos recuerdos desde el presente y que lucha por recordar y rememorar las vivencias que tuvo con su hermano menor, con el que mantenía una relación muy estrecha. Y ya está. Prou. Sin embargo...
Sin embargo la atención, el mimo, el cuidado con que está hecho cada plano, sonido, secuencia, movimiento de cámara, expresión de los rostros y, en general, cada momento narrado en la película es tal que apabulla. A decir verdad, la trama no existe como tal; lo que realmente ocurre es que uno se mete literalmente en la cabeza, en la vida, en el pensamiento de los protagonistas. Así, al salir de la sala, admitiendo que es inevitable pensar que, así, en general, no puedes decir que no te ha gustado, descubres que al madurarla poco a poco, teniendo en cuenta que esto no es cine (si entendemos una manera ortodoxa de narrar una historia en una pantalla, con su tempo y su lenguaje cinematográfico), llegas a la conclusión de que es más que eso, es una nueva forma de enfrentarte a las imágenes que ves en la pantalla, es un espectáculo para el que el término cinematografía se queda corto, pero que, sin embargo, no es "vanguardista", avant garde, moderno y, sobre todo, postmoderno, sino que es el puto cine de toda la santa vida depurado, refinado, puro, que te mira desafiante desde sus más de dos horas y media de duración.
¿Queréis que lo explique de otro modo? ¿Podéis pensar en un buen documental, de esos que te hacen convivir con la persona que se documenta, talmente como si fueras tú el director de esa orquesta y estuvieras presente en cada plano, en cada toma? Pues es eso, un enorme documental de ficción hecho con un exquisito gusto y saber hacer, que a ratos conmueve como pocas cosas me han conmovido en una sala de cine. Y no sólo por motivos evidentes, dado mi periplo vital de los últimos meses (he llorado con algunas escenas, porque he echado de menos a mis hijos que nunca lo fueron), sino porque lo que me estaban contando me lo estaban contando de una manera tan bella que dolía. Así es.
Pero por favor, si sois de los que os levantáis a mitad del visionado, no os acordéis de mí. Pensad que Polidori, al fin y al cabo, es un tipo blando que llora como una nenaza y se emociona hasta con las pelis de Pixar. Pobre animalico...
Y sí, hemos cambiado la cabecera, pero me vais a perdonar que no encuentre el cuadro que corresponde con el de la estación pasada, así que os dejo al menos el detalle que nos ha acompañado todo el verano hasta que descubra (ahora estoy exhausto) su nombre y os lo enseñe completo. En cualquier caso, y como siempre, ya sabéis que se trata de una pintura de mi buen amigo Friedrich.

El otoño ya está aquí, y nadie sabe como ha sido. A ver qué depara, que promete.



1 comentario
Gracias, la veré este fin de semana y así ya me puedo hacer la interesante.
22 sep 2011 | 07:52 PM
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