La Coctelera

Las manos en los bolsillos

¿Dónde quedó el otoño?

Ya sabéis: fuera de la duda existencial, de los desmanes de los que mandan o de lo inapropiado de una existencia regida por la cantidad de dinero que tienes en el bolsillo (ese que acoge también tus manos), desde Occidente suena obscena nuestra necesidad de reconocer que estamos atravesando una crisis. Pero éste, vuestro blogger, lo está. Poca cosa, claro, porque tengo trabajo, familia, un puñado de buenos amigos y comida en la mesa. Soy un privilegiado, ante ese cuarto de  población mundial que pasa, literalmente, hambre. Pero mi amiga la angustia, y su hermana la ansiedad, me llevan acompañando de un tiempo a esta parte, como hacía años que no lo hacían.

Poca cosa, insisto. Me asquea, por ejemplo, tener que hacer de casero y buscar un inquilino para ese hueco pequeño y viejo que tengo en un rincón de la ciudad, al que me vi obligado a acudir en esa época en la que no comprarse una casa, firmando una larga sentencia con el banco de turno, te convertía en un apestado. Odio ver pasar gente por ese rincón que fue mi hogar y en el que tejí vivencias que están muy presentes en mi memoria con el ceño fruncido y la barbilla alta, como si olieran a mierda. Y la angustia de estar obligado a alquilarlo porque tienes una puta hipoteca que pagar hasta los sesenta y tantos, y venderlo ahora no serviría ni para pagar lo que debes aún en el jodido banco. Patético, ¿no es cierto? ¿Cómo pude, cómo pudimos? Es lo que tocaba. Sí, éramos tan patéticos que lo creímos a pies juntillas, yo el primero, y ahora pagamos las consecuencias. Ahora las vivencias son para el inquilino. Parece un buen chaval, con una situación financiera aún peor que la mía, lo que no es poco decir, pero espero que sea feliz en mi casa. ¿Ser buena persona implica ser buen casero, signifique eso lo que signifique? Sólo recuerdo esos agentes de la propiedad, con sus patéticas corbatas y su aire de superioridad que disimula un "aquellos sí que fueron buenos tiempos" y comprendo por qué no podía dormir por la noche, y por qué he acumulado tanta angustia.

Pero no es sólo eso. Eso es un problema que debe solucionarse. Pero la angustia me espera en la esquina por otras causas pendientes. Y una de ellas, reíros, es que me siento mayor. Es una sensación rara, pero está ahí. Por primera vez en mucho tiempo me asfixia la existencia. Y sé que debe ser pasajero, que no es la primera vez, pero atravieso uno de esos períodos en los que este mundo me es extraño, y no me siento a salvo casi en ningún sitio. En mi propia casa, sin llegar a la agorafobia, pero me cuesta salir de ella. Siento mi finitud y la de todos nosotros, y me siento triste. Leyendo como estoy el primer tomo de Juego de tronos me da lástima pensar en que todos esos seres, sus miserias y sus cuitas, aún siendo ficticias, son asimismo inútiles, como lo son las de todos los seres vivos que hemos poblado la Tierra. Ya veis, queridos míos, una crisis en toda regla que este otoño también ficticio no termina de enderezar.

Pienso en mi gata, que ahora está tranquila y durmiente, como siempre, en sus quince años, su vejez a ojos humanos, y pienso en que casi se me va mientras yo estaba en Escocia, y su enfermedad fue la primera causa de esta angustia. Y pienso en eso, que ni irme de vacaciones puedo hacerlo tranquilo, sin remordimientos. Y pienso, además, en esa angustia por el dinero, por las deudas con ese banco, y en cuánto daño ha hecho en mentes como la mía la educación judeocristiana. Y pienso en el sentido que tiene contar esto a vosotros, seres que habitáis más allá de esta pantalla y estáis aquí para otras cosas. Pero esto no es Facebook, aquí no se purgan los pecados con fotos de lo felices que somos, ni de lo bien que nos va en la vida, aplaudidos por amigos que, salvo honrosas excepciones, no tiene por qué serlo. Aquí está mi núcleo duro, el que me lee porque sí, el que me acompaña desde el otro lado. El que jamás se queja, ni tulle ni mulle, el que me lee y casi nunca comenta. Aquel con el que expío mis culpas, mi miedo, mi terror, mi pena. Al que puedo contar que odio a la gente que me habla de niños y sabe que hace bien poco recogí un papel que me hablaba de autopsias de los que iban a ser los míos; pero que yo les sigo la corriente, les río las gracias y abandono con discreción para que no me vean las lágrimas y el rictus de rabia en mi rostro.

Así que en vosotros me refugio, y en los que me quieren aquí, al otro lado, que también los hay. Y, cómo no, aquella con quien comparto búnker todos los días, que vive como yo esta mal llevada misantropía. Y en esos amigos a los que veo poco, y me arrepiento de ello. Y en otros amigos que me recomiendan bellezas como la voz de Fionn Regan y que ni siquiera puedo agradecércelo, porque ni siquiera sabe que le leo desde esta pantalla, y aún no comprendo por qué no debo hacerlo (y mejor no preguntéis). Y en lecturas y series y demás ociosidades de hombre moderno, que patadas les daría a ese cuarto de población a la que le gustaría dedicarse a eso mismo con deleite, y no a morirse de hambre. Y en ese último juego que me permite matar nazis con sigilo, como es Velvet assassin, y que me ha hecho conocer una de esas "vidas ejemplares" del siglo XX, la de Violette Szabo y su trágica y trepidante (y corta) existencia. Y pienso en que quizá sea esa la forma de canalizar mi rabia, matando soldados que mueren como personas, sin remordimientos. Porque no quiero pensar mucho en ello, porque la vida, como para los replicantes, tiene demasiado valor cuando se piensa en el final. Ni quiero pensar en que me asfixia esta maldita crisis, y quiero dejarla ya atrás.

Sólo espero que llegue de verdad el otoño, con su frío temprano, sus lluvias y su alfombra de hojas. Quiero que venga ese viento preinvernal y se lleve la podredumbre de este estío a destiempo, y me limpie también la mente y el alma, y me deje de nuevo libre para respirar, sentir y amar.

¿Sabéis si anda cerca?

1 comentario

  1. Pitry

    Según iba leyendo lo que has escrito, iba pensando en el comentario que iba a poner, pero al llegar al último párrafo he visto como tú mismo has escrito el comentario que yo quería escribir... como siempre tú lo dices mucho mejor que yo... Yo sólo iba a decir una frase: - en cuanto llueva te sentirás mejor. Te mando un abrazo.

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