La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Al acecho en el supermercado

¿Cómo es posible que se vaya a un supermercado con una lista exigua y se salga de allí con un carro repleto y doscientos euros menos en el bolsillo? Y eso para dos personas... ¿Os suena, verdad, queridos lectores?

Está uno tan acostumbrado a imaginarse los supermercados como salen en las películas de zombies que a veces el supremo monumento al consumismo que suponen una de esas grandes superficies atora como si fuese una horda de salvajes. Y no me refiero a un macrosupermercado de esos que pueblan las salidas de las grandes ciudades, sino uno de esos "de barrio", de barrio de ahora, claro, pues su superficie alberga tanta comida y utensilios para la comodidad del ser humano moderno que asusta.

Asusta la cantidad de gente que hay detrás de ti para que el puñetero pack de champiñones laminados esté en tu mano. Y creedme que es el momento de mi vida en el que más se despierta mi conciencia sostenible (me niego a llamarla ecológica, ni cosas peores). Somos esclavos del envase, y de eso no nos libramos.

Pero, como suelo, voy más allá, una, mejor incluso dos generaciones atrás (y no me quiero remontar más) y me doy asco como ser moderno, flojo y cobarde que pasea su carrito entre los pasillos sobreiluminados. Somos todos hombres blandengues que sorteamos montones de comestibles sin tener que hacer nada más que llenar nuestros carros y pagar con nuestro dinero de plástico para llevar cómodamente las cosas más selectas a nuestra mesa. Todo lo selecto que pueda ser un Mercadona, ya me entendéis, pero uno no puede por menos que pensar en esos mercados de antaño y el carrito de la compra, o las lonjas donde iban nuestras abuelas, o los tenderetes de otra época, o las ferias, o simplemente el trueque y los huertos propios, o la caza...

Así, al acecho, a veces me veo afilando la punta de la lanza en el rincón de los encurtidos, o clavando las flechas en el suelo de la sección de perfumería para tenerlas listas ante algún rechoncho cachorro que, como suele ser habitual, se despiste de sus progenitores en los inhóspitos eriales entre la sección limpieza y charcutería.

Y, como siempre, me despierta el monótono "pi" del lector de etiquetas electrónico de la línea de cajas. Y humilde, dócil, procuro no arrimar demasiado mi carro al señor que me precede, no vaya a ser que le pise con las ruedas y ya la tengamos liada.

1 comentario

  1. Hola, jeje me llamo tu post, lo leí y que menos que decir algo, la verdad que es hací, aunque yo me niego a entrar en las grandes superficies, a no ser que me toque por ir con amigos y eso, la verdad que gracias a la forma de vivir que estoy haciendo cada vez mas, intento de comer todo lo que yo produzco, intento comprar lo menos posible de esos envases pero hasta en la tienda chica, pues concidero que a demás de costarnos el dinero, es comida muerta, sin vida alguna, precocinados a altas temperaturas, colorantes artificiales, sabores artificiales, si todo estudiado para que repitamos, pero es pura basura, hay cosas que mi perra cuando gente viene a mi casa en el campo, y trae esas cosas, como algo pero la mayoria se lo echo al perro y a veces ni se lo come, que será. estamos como robot, así no va, hasta el humor nos ha cambiado, por toda esa mierda que comemos, menos mal que hace tiempo me baje de ese tren absurdo y voy creado mi propio mundo. chao un saludo.

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