Bienaventurados los necios
Cuando leáis esto probablemente se haya resuelto el entuerto electoral. Y digo entuerto porque así lo parece. Esta campaña lleva abierta tres años, al albor de esos que no quiero nombrar que han querido hacer honor a ese refrán tan español de hacer leña del árbol caído. Mis lectores saben de qué pie cojeo, y a pesar de los pesares, los errores, la falta de coraje y el mar embravecido, dentro de unas horas, cuando todo esto se desmadeje, con toda probabilidad habrán ganado "los otros", aquellos que para mí serían la peor opción. Es bueno y sano para el juego democrático la alternancia en el poder, ya que estamos abocados sin remedio (por mucho que fluctúe la progresía) al bipartidismo, pero, si todos los augurios se cumplen y pasa lo que parece que es inevitable que vaya a pasar, nos vamos a encontrar con un paradoja muy peligrosa y de pésimos resultados en nuestra joven democracia: que un partido no sólo consiga la mayoría absoluta, sino que esa mayoría la ostente desde el primer momento de su toma de poder.
Todos los españoles hemos tenido un curso intensivo de macroeconomía con efeemeís, estandarandpurs, primas de riesgo con mucho peligro y ultrarrescates internacionales. Y una burbuja inmobiliaria que estalló al fin (y mira que lo avisamos hace años) soltando todo su pus de comprensibles parados dedicados hasta ese momento en exclusiva a poner ladrillos. Llevamos muchos meses escuchando hecatombes, finales del mundo y (sic) "etapas más negras de la democracia española", y yo sólo veo lo de siempre: cadáveres humeantes y buitres a su alrededor.
Yo hoy no tengo nada que celebrar. Si me preguntan, Rajoy me parece el antidirigente de un país, como les parecía por cierto a muchos de los que ahora alaban sus virtudes en esa prensa que todos conocemos. Y si además va a contar con una cómoda diferencia la cosa puede tomar unos tintes dramáticos: tendremos a un dirigente del país con escasa o nula presencia (ni hablar quiero de "carisma") con patente de corso para hacer lo que quiera. Y eso lo digo sin pararme a pensar en afinidades políticas. Sólo me quedan dos esperanzas (y ninguna es Aguirre): que la jornada arrastre un resultado inesperado, y que la cosa no sea lo que esperamos, y al menos haya un equilibrio de fuerzas que obligue a los pactos tan temidos por algunos; o que resulte que Rajoy se convierta en lo que no esperamos, y no sea tan terrible como parece. Y esto, queridos lectores, me parece realmente difícil que ocurra.
Así que, bienaventurados los necios como yo, que a estas alturas aún cree en los milagros.



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