La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Cesárea y el amor otoñal

La conversación vespertina al sol templado del atardecer de diciembre puede devenir en cualquier cosa. Mientras uno hace la fotosíntesis, pensando en la suerte de disfrutar de un día de sol después de tanto encapotamiento, suele la mente dispersarse en disquisiciones peregrinas, a menudo triviales, a veces profundas. Y en eso estábamos cuando comentamos qué se entiende por amor, pues una noticia de hacía poco hablaba de un estudio que afirmaba que el amor no soporta más de dos años, que lo que queda después no es amor, más bien cariño, respeto, apoyo y, en todo caso, agradecimiento. La cosa se fue torciendo hasta límites insospechados, incluso hasta el asombro que nos producen algunas cosas que se ven en internet, páginas en las que anónimos solitarios chatean delante de una cámara semidesnudos, o incluso parejas que follan delante de desconocidos sin siquiera dinero por medio. Y pensamos si eso también es amor. Pero al final volvimos a lo mismo, y a la misma conclusión. Las parejas que llevan años juntos, las que llevan toda la vida, procesan un amor verdadero, no un enamoramiento. Y puede que, efectivamente, la pulsión, el encoñamiento, el beber los vientos, la mariposa en el estómago, el desear más que nada en el mundo hundir tus narices en la piel de la persona amada, puede disminuir con el tiempo. Pero luego queda otra cosa, otra cosa que es más amor y menos frenesí, es saber que tu vida no tiene sentido si la otra parte no está, y que muchas cosas quedan por saber, pero al final siempre se quiere volver a casa, a lo de siempre, a esa parte que sólo conoce una persona más en tu vida y que nadie, nadie puede descifrar.

Y entonces una pareja de ancianos, de esos que aún se valen, pasó delante del foco de la cámara, con esa luz de atardecer de los días claros de preinvierno de este Madrid insolente. Charlando, sin demasiada prisa. Y la cámara, discreta, siempre dispuesta, hizo su trabajo.

Me enternecen mucho las parejas de ancianos. Quizá porque mi padre murió pronto, y no tuvo la suerte de disfrutar de una vejez compartida. Me produce mucha ternura ver a dos ancianos cuidándose el uno al otro, porque el tiempo es efímero y nadie debería estar solo cuando se vislumbra el final del camino.

Quizá porque la vejez me asusta, porque cada día está un poco más cerca. Porque el tiempo se desliza entre nuestros dedos, y al final sólo el amor nos salva.

(Podéis ver la foto en Flickr a un mejor tamaño.)

En otro orden de cosas, es justo recordar a una excelsa fumadora, una gran dama de lo que llamamos música popular, autora de enormes canciones, pero que quizá sea con ésta con la que pudo pasar a la historia de la música gracias a esa tremenda carga de nostalgia que sólo los que pertenecen a la cultura lusa pueden imprimir a sus canciones. Se nos fue Cesárea Évora, que ha acompañado muchas mañanas de domingo en mi vida, y que hoy es ya una finada. Va, pues, su "Sodade" en una magnífica actuación en directo, con sus pies descalzos y esa solemne y bella fealdad. Brindo por ti, querida Cesárea.

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