Rodeos (fúnebres) de Año Nuevo
Hay muchos modos de pasear por encima de las fiestas "más entrañables", pero este año ha sido, con diferencia, el más extraño de los últimos que recuerdo. El principal motivo de ello ha sido la repentina enfermedad y el más repentino fallecimiento del suegro de mi hermano, una de esas personas que concentran en sí misma mucho más que la figura de un padre, de un patrono y de un cabeza de gran familia; y que ha estado, desde que le conozco, revestido siempre de un áurea de vitalidad e intensidad como pocas de las personas con las que he compartido camino.
Lo cierto es que, por un motivo tan luctuoso, he tenido que "doblar el mapa", como decía mi padre. En poco días he pasado de las frías umbrías del Vallés Oriental a la cálida Tierra Llana onubense, con los lógicos contrastes humanos y paisajísticos. Y en medio, esos extraños días de trabajo entre fiestas en una gran empresa, donde todo funciona a medio gas con ese perceptible halo de provisionalidad. En definitiva, unas Navidades intensas, extrañas, dolorosamente inolvidables.
Cruzarse la Península con escasos o nulos coches en tu camino te permite disfrutar de esa conducción de anuncio de BMW en versión coreana. Solo y acompañado, he visto amanecer y atardecer, la noche previa a la alborada y la madrugada más absoluta. He visto torres de complejos fabriles refulgir como faro de Alejandría en la nada más absoluta del mediodía cordobés; "montes serrados" en la comarca del Baix Llobregat recortados, casi mordidos, en la luz rojiza del atardecer; espectros que buscaban la noche en los frondosos bosques del Monfragüe; paisanos endomingados (abrigo de pieles incluido para ellas) el día de Reyes en los inhóspitos paseos de la entrada de Huelva; el rasgar escarlata del alba haciendo bella la poco agraciada salida autopística hacia el sur de Madrid; el nunca ponderado, por lo inaudito de su horterez, arco luminoso recién iluminado que marca el paso del Meridiano de Grendwich cerca de Candasnos; y cerca de allí, bandadas de estorninos retorciéndose en peligrosos bailes al caer la noche de las frías tierras mañas. Y todos esos recuerdos se perderán como lágrimas bajo la lluvia, como los recuerdos de Antonio, con quien compartí tardes de animada charla sobre política y paso del tiempo. Somos nada, una mierda de brizna verde al viento de invierno, preparados para agostarnos como presa abatida hasta helarnos en cualquier cuneta pintada de blanco. Ya me entendéis.
Los entierros en los pueblos, y más en los pueblos del sur, adquieren una inusitada intensidad a la que estamos poco acostumbrados los seres de ciudad. El mero hecho de acompañar andando al féretro por las calles que dirigen la salida al camposanto, o escuchar el repique de difuntos hacen que acompañar al finado tenga otra dimensión desacostumbrada en los entierros a prisa de las grandes ciudades. Antonio era una "fuerza viva" del pueblo, y por ello cientos de personas se agolpaban en el interior (dominado por las mujeres) y en el exterior (dominado por los hombres) de la encalada fachada de la iglesia mayor para dar el pésame de manera más o menos afectada. Había incluso un par de personajes públicos foco de muchas miradas. Y acompañar al difunto hasta el mismo lecho mortuorio, con esa precariedad que da el frío ladrillo, el mármol adusto, el ciprés helado en la tarde invernal, el trajín patoso de los operarios, el ir y venir de coronas, el ruido sordo y quejumbroso del ataúd al colarse en el hueco final, los ayes quebrados de la viuda a la que apenas le sostienen las piernas, el sollozo de todos los presentes ante la oración comunal y la terrible soledad en la que se quedan los muertos cuando todo termina ("qué solos se quedan los muertos").
Nada es lo mismo cuando una persona querida y cercana se va. La rutina no ayuda para responder la pregunta de las preguntas, el que parezca mentira que se haya marchado tan de repente, la incredulidad de saber que nunca más me llevará a dar la vuelta por su finca temerariamente a lomos de un todoterreno, su altiva mirada de aquel que se ha hecho a sí mismo, que ha apurado la vida con grandes sorbos, exprimiendo todo lo que se puede hacer en la Tierra amando su terruño más que nada en el mundo. Ya nadie defenderá como él la vida en el campo, la generosa tierra onubense, el cochino autóctono que tan buena matanza da, los colores del campo cuando se pone el sol, la sensación omnipresente de que una forma de vida se está perdiendo, la de los hombres de antaño, los señores que aman las encinas, los pequeños lagos, los ciervos en la loma de las colinas, las borregas recién paridas que balan alarmadas con su recua de retoños, la presencia de esa mano amiga que conoce cada una de las reses, cada rincón de la finca.
La generosidad de un hombre de mundo, de un hombre recio, curioso y celoso de lo suyo. Un hombre al que, medio en broma, medio en serio, le ofrecí "mis servicios" para escribir su vida, sus comienzos a lomos de una vespa, sus idas y venidas de pequeño negociante que a pocos amasa una fortuna, ve crecer los hijos, los nietos y se convierte en patrón, en terrateniente, en orgulloso espécimen de una raza que desaparece y a la que los libros no harán justicia. Una raza extinta a la que ninguno ya pertenecemos. Así era Antonio.
El final de año presagiaba algo extraño. Me crucé con un coche fúnebre en la M-30, y la cabecera de Friedrich incluyó, sin querer, la figura de un crucificado. No sabía que sería por Antonio, así que descanse en paz, en esa nada que algunos tememos o en ese tortuoso camino hacia la gloria que otros vaticinan. Una vuelta más a la espiral existencial en la que vive el hombre.
Y yo aquí sigo, intentando que esta nueva lección de vida y muerte sirva para amar las pequeñas cosas, los sonidos y los colores que me ha sido otorgado admirar, la vida amada que crece despacio en los ojos de mis sobrinos, de los hijos de mis amigos, ojalá en los míos propios; en las sonrisas a destiempo, en los abrazos de los amigos, en los besos de mis hermanos, en las confidencias de mis compañeros, en la risa de la persona a la que más quiero, en los suspiros callados de los amantes, en el espectáculo que se llama vida, que se llama Tierra y que gira conmigo a una velocidad constante de unos ciento siete mil kilómetros por hora alrededor de la enana blanca que nos da luz y calor.



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