Incluso si tiramos de algo tan poco normativo como la Wikipedia, la primera frase que define el ideario que debería guiar a la sacrosanta institución que todos conocemos como Real Academia Española de la Lengua es la de “organismo responsable de elaborar las reglas normativas del español”. Y como tal, la cosa tendría que venir acompañada del buen sentido, la prudencia, la razón, la templanza, la seguridad y, sobre todo, la confianza que para todos debería dar una institución que tiene, nada más y nada menos, como misión la de fijar el uso de una lengua, lo que no es precisamente moco de pavo. El problema fundamental es que, de un tiempo a esta parte, y fruto del proceso de “idiotización” que empaña el mundo en el que vivimos, basado en la urgencia con la que emprendemos todo para que sea moderno y adaptado a “los tiempos que corren” (sic), la Real Academia (RAE, a partir de ahora) ha pasado en un brevísimo espacio de tiempo, comparado con la historia de la venerable institución, de tener la polilla en los sacrosantos sillones y los acartonados ademanes de doctos y viejos letrados, a ser el hazmerreír de todo el orbe lingüístico.
La RAE se fundó en 1713 por un grupo de ilustrados que rodearon al marqués de Villena, y su propósito fue “fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza”, resumido en la ya famosa leyenda (tan mofada y befada) de “limpia, fija y da esplendor”, cual Don Limpio o mayordomo del algodón pasando el paño a todos aquellos atropellos a la lengua de Cervantes vistos y oídos por ahí, básicamente para que no dejen pringue en los paños del buen sentido y el uso de nuestra lengua.
Evidentemente, una institución tan venerable y tan anciana tiene que adaptarse a los nuevos tiempos, más por mor de que no le tachen (algo que ha sido habitual casi desde su fundación) de conservadora, y menos por los satanizados y “sms-eados” tiempos que corren, pero la RAE se ha empeñado desde hace poco años en dar una imagen de modernidad e inmediatez que no le favorece en nada. Ya no es que a los venerables lexicógrafos Riquer, Seco, Ayala, Rico o Blecua le acompañen literatos que, si bien son teóricamente expertos en el uso de la lengua, no tienen por qué ser doctos en las lides del lenguaje (y aquí incluyo tanto a los más insignes Delibes, Sampedro, Goytisolo, Matute, Vargas Llosa, Marías o Mateo Díez como a los discutibles Muñoz Molina, Pérez-Reverte o Pombo; no sería la primera vez que pasa, y si no que se lo pregunten al cascarrabias de Cela o al ripioso Zorrilla), pero ya la cosa empezó a ser esperpéntica cuando los (respetables, que no respetados como lingüistas) Mingote, Cebrián, Anson (sin acento, no lo olvidemos) o Borau ingresaron en los añejos butacones, como si cualquiera que fuera famoso pudiera terminar siendo académico (¿lo terminará siendo Boris Izaguirre, Almodóvar o César Vidal?; quién sabe).
Hace tiempo ya que se ha desvirtuado la razón por la que una persona podía llegar a ser académica, y que no es otra que una larga vida dedicada al estudio de la lengua. ¿Os imagináis, por ejemplo, a Iker Jiménez entrando a formar parte de la Real Academia de Ciencias?; ¿o al citado Vidal en la Real Academia de la Historia? ¿A que no? Pues eso es lo que nos pasa a los filólogos cuando vemos en lo que se ha convertido la sacrosanta institución: en una “corte mediática” (véase el cachondeíto incluido en el epíteto, claro ejemplo de lo que estoy argumentando) que está todo el día en la prensa no precisamente como garante del uso del idioma, sino como centro de interés de los noticieros poco serios a la hora de divertirse con la última ocurrencia que han tenido el sesudo docto de turno, y que se ha metido una vez más en camisas de once varas para opinar de lo que no debería opinar, como si fuese un Lázaro Carreter cualquiera. La RAE debe funcionar como una apisonadora bien engrasada, atenta a los desvíos y desvaríos que puedan producirse. Pero eso es una entelequia. La RAE, como casi todo hoy día, vive en un escaparate, y se esfuerza en estar de moda, rasguémonos las vestiduras quienes queramos rasgárnoslas.
En los tiempos en que yo era estudiante, si por algo se caracterizaba la RAE era por seguir un principio tan sensato para una institución normativa como el siguiente: no se debe tener prisa. Así, fuimos muchos los estudiantes de Filología que sufrimos durante años con un tocho llamada Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española (llamado por mí mismo el “Bostezo”, dado semejante ladrillo), suspirando cual quinceañeras para que en pocos años pudiéramos ver la ya famosa Nueva Gramática, mientras sacábamos brillo y esplendor a la vigésimo primera edición del DRAE. Pero llegó en el 2001 la nefasta vigésimo segunda edición, donde, entre otras lindezas, se incluyó (y siempre que tengo ocasión lo recuerdo) el famoso “en olor de multitudes”, asumiendo, pues, que a todas las multitudes les huele el alerón, y dejando por los suelos al pobre loor, relegado ya al uso conocido como “culto” y a la espera de que le llegue el “desuso” que precede a la extinción absoluta y el escaso recuerdo de los enfermos de lengua, como enfermo de literatura estaba el protagonista de El mal de Montano.
La RAE no debe, a toda costa, adaptarse al lenguaje que se usa en la calle, sino que debe empeñarse en que el lenguaje que se habla en ésta, en nuestras aceras y calzadas, dentro de las vacilaciones y las propiedades adaptativas propias de cada lengua, se hable lo mejor posible. A nadie con un poco de seso que viva en Inglaterra se le puede ocurrir que la Academia inglesa incluya todas las palabras, por muy extendidas y por mucho uso que tengan, que se emplean dentro del llamado “slang”, ni lo que introducen todos los inglesitos (e inglesitas) dentro de sus apretados sms, sino que el “inglés de la Reina” esté bien resguardado y a salvo de las inclemencias externas. Ni qué decir tiene que lo mismo pasa en la Academia francesa con el habla callejera de París, o la Academia lusa con el lenguaje de la calle en Lisboa u Oporto. Las academias deben ser como un rodillo que pase por encima de lo poco ortodoxo, y que sea capaz de amoldar, sin romperlas, las nuevas formas que surjan; y no una esponja que se limite a empaparse, sin que pueda ya estrujarse, de todo lo que se le ocurra a un periodista sin escrúpulos y que termine por poner de moda (como, por ejemplo, ese odioso “dos, tres pases y se planta en el área”; la pobre conjunción disyuntiva llora por las esquinas, desconsolada).
Supongo que sería demasiado pedir a nuestra querida ministra de Igualdad que supiese que una de las normas que rigen el uso del género en castellano es que los sustantivos comunes y terminados en –o, (como miembro, en su séptima acepción, “individuo que forma parte de un conjunto, comunidad o cuerpo moral”), no usan la terminación –a en el femenino, por la misma razón por la que azafata no debería tener una forma masculina, por mucho que aparezca la entrada como enmendada y se sepa que va a ser así perpetrada en la próxima edición. Si seguimos este absurdo hilo puede llegar el momento en que alguien se nos presente como una “sobrecarga” del avión, y nos den ganas de tirarla por la ventanilla para que el aparato pueda despegar. La ministra no ha hecho sino recoger el testigo del continuo vilipendio e intromisión en la venerable institución. Ahora, como diría el tango, hoy “cualquiera es un señor, cualquiera es un truhán”; cualquiera es un filólogo, cualquiera es un doctor. Y desde que internet se ha extendido a todos los hogares, ni te cuento.
El problema es que nada menos que el vicedirector de la RAE (y señor que ocupa el sillón k minúscula), José Antonio Pascual, ha tenido los santos cojones de animar a "no oponerse a los nuevos usos lingüísticos" en un discurso de agradecimiento en el acto de nombramiento de socios de honor de la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de Salamanca (ASUS), celebrado en el paraninfo de tan insigne cátedra. ¡Ay, si Fray Luis levantara la cabeza! Además, ha dicho que de estos nuevos usos "algunos desaparecen por sí solos y otros se integran en la lengua"; pues, como dicen en mi pueblo, ¡échate mano al talento que te bulle!, o ten cuidado con el "microsiervero" Capitán Obvio. ¡Pues claro!, pero no debemos animar a que cada uno haga de la lengua su propio sayo, normalizando un uso que para nada está normalizado. Por eso, afirmaciones como que "el uso lingüístico es siempre un juego, y juega mal quien pierde los nervios y se cree que las cosas son decisivas", dicho por un tipo que tiene el deber de servir de limpiador, abrillantador y hacedor de esplendores, me parece una considerable memez, y una memez muy peligrosa. Si yo soy una de esas "miembras que están hoy aquí", en referencia al público femenino del paraninfo, le hubiese mandado donde se merece, aunque imagino que la compostura no me lo hubiese permitido.
Doña Bibiana Aído es ministra de Igualdad. Bien, pues procure hacer verdad el motivo de la creación de su ministerio: que las mujeres y los hombres sean de verdad iguales en todos los sentidos en los países desarrollados; y luchar a brazo partido desde su cargo para que esa igualdad llegue a todos los rincones del planeta, y no sólo al primer mundo. Tiene bastante con eso, desde luego. Pascual, por su parte, cree que "no es malo discrepar, lo peor en estos casos es la dictadura del silencio"; pero le recuerdo que él mismo también ha advertido de que el uso "por modas" de palabras "de las que se desconoce su significado" pueden llevan a hacer caer "en el ridículo" al que las utiliza. ¿Hace falta decir más?
Así que ni guardamos silencio ni queremos caer en el ridículo: la lengua no se rehace cada día, pero cambia cada momento, y la RAE está para que esa lengua llegue a las generaciones venideras lo más “limpia, brillante y esplendorosa” que se pueda. Así que, señores académicos, utilizando el lenguaje castizo, no la caguemos, y pongamos freno al desenfreno, si no es mucho pedir.
Mis lectores ya saben que el Comando Filológico, desde su humilde atalaya, lucha para que así sea.
Polidori dixit.
[Nota aclaratoria: Bien me dicen por aquí que debería aclarar una cosa "aclarable": el Diccionario de la Lengua Española editado por la Real Academia Española de la Lengua es un diccionario normativo, no descriptivo. Esto significa que no es un diccionario que recoge todos los usos de la lengua del momento (como puedan ser, a bote pronto, el Clave de SM, los Vox, pero sobre todo el María Moliner, que sí son descriptivos), sino que es un diccionario que normaliza y fija el lenguaje, y que no es su labor, pues, tener que "adelantarse" a las veleidades de la lengua. Pues eso.]