
¿Cómo explicarlo?
Andando el tiempo me he convertido en un tipo completamente alejado de la mitomanía en cualquiera de sus vertientes, variantes y posibilidades. Los señores Alejandro el Magno, Dante, Nietzche, Friedrich, John Ford o Man Ray, y las señoras Nefertiti, Mari de Francia, Anguissola, sor Juana Inés de la Cruz, Juana de Arco o Lempicka, por citar muy pocos casos y de muy distintas épocas, y con perdón de las almas impresionables, cagaban y meaban exactamente igual que yo (bueno, dependiendo de la capacidad y el buen hacer de su aparato excretor, se entiende), así que no puedo adorarles por el mero hecho de haber sido personajes influyentes, almas sensibles o seres decisivos en el devenir de la Humanidad, pues todos ellos, precisamente, comparten conmigo lo esencial: fueron humanos, y habitaron, exactamente igual que yo, la misma tierra que me ha visto nacer y que me verá morir (para mi desgracia, pobre carne mortal).
Bien, dicho esto debe inferirse que no tengo “ídolos” a los que alabar, fuera de personajes que, de una forma o de otra, admiro por sus obras, sin tener ni idea de cómo serán en la vida real (toda vez que en la mayoría de los casos los prohombres –y “promujeres”- que he conocido me han solido decepcionar). En todo caso, puedo admirar las virtudes de algunos especímenes que por su sabiduría, capacidad artística o simple bondad merecen ser admiraros, pero en cualquier caso no los quiero considerar mitos, sino más bien un simple (que no es poco) ejemplo a seguir.
En definitiva, no siento tal desordenada admiración por alguien como para que se me acelere el pulso por el mero hecho de tenerle cerca, y ni siquiera he conservado ningún mito de adolescencia (no sé, como puede ocurrir, por ejemplo, con aquellos que pierden el sentido al acercarse, pongamos por caso, a Michael Jackson o –evidentemente peor- Paris Hilton). Pero sí hay quizá una figura que puedo considerar, del modo más literal de la palabra, un mito por las connotaciones que ha tenido su existencia en mi biografía, y ése no es otro que Ian Curtis.
¿Cuáles son las razones? Bueno, puedo aducir, a vuela pluma, unas cuantas. La primera es que su figura está rodeada de ese halo misterioso que infiere el ser un joven suicida, a lo que debemos adjuntar la impresión que puede causar un alma atormentada y supuestamente solitaria en un adolescente definitivamente dado a la melancolía como era yo rondando los dieciséis (momento en el que, si no me confundo, entró Curtis a formar parte de mi vida). Durante mucho tiempo era incapaz de escuchar Closer, su disco más aclamado, sin dominar un fulminante ataque de melancolía que si no alejaba me sumía en una profunda desazón rayana con la más absoluta de las depresiones (como sólo pueden sentir las depresiones los adolescentes).
El siguiente motivo, claro está, es que en esas edades uno tiende a buscar referentes con los que decorar su carpeta, y si además ese referente casi es un desconocido para el común de los mortales que te rodean tienes el mito perfecto. Yo era el loco y único preuniversitario al que sus amigos regalaban discos y demás material aledaño de Joy Division, incluido un extraño single italiano que aún conservo con cortes de unos todavía principiantes Warshaw. Estaba, pues, obnubilado por la figura de ese joven capaz de crear tamañas claustrofóbicas y existencialistas atmósferas.
Según fui creciendo, y ganando en criterio musical, admiré aún más si cabe las melodías de un grupo que se ha demostrado tremendamente influyente en el panorama musical de las últimas décadas. Y, claro, me hice también y consecuentemente admirador de su continuidad musical, New Order, a los que profesé (y profeso) una admiración sin límites (obviando, como ya he dicho otras veces en este blog, su decepcionante directo).
Así estaban las cosas, y así continuaban cuando vi en la pantalla grande 24 hours party people de Michael Winterbottom. En ella aparecía un Curtis que bien podía parecerse al Curtis que yo siempre imaginé, aunque con un halo psicópata demasiado acusado. Así, las escenas, tremendas, de su suicidio y de todo lo que le rodeó me resultaron impactantes, culminadas además por ese canto vitalista de “la vida sigue” que tan bien supo retratar el director británico. Daba igual que el retrato de Tony Wilson y del resto de personajes “reales” fuese incluso esperpéntico, porque el resultado final daba una idea que creo muy aproximada de lo que pudo ser (para alguien que vivió esto desde la Península) el “Madchester” de finales de los setenta y de la década de los ochenta y noventa, una especie de la Florencia del Renacimiento encarnada en lo más granado de la música indie de la época, de la que aún continúan bebiendo muchos de los grupos actuales.
Y ahora llega Control, el filme de Anton Corbijn que ha pretendido acercarse de manera dramática a la vida de esa fiera calma que fue Ian Curtis. Además, el tardío estreno en España no ha hecho que pasara desapercibido el documental (enésimo) que sobre Joy Division filmara Grant Gee de manera simultánea. En definitiva, que inesperadamente Curtis ha vuelto a la palestra en forma de reediciones, críticas fílmicas en los periódicos, carteles en las marquesinas (quién lo iba a decir) e incluso campañas publicitarias, como la de la firma Converse. Ver para creer.
Y aquí estamos. La peli de Corbijn, desde un punto de vista fílmico, es de soberbia factura (no en vano es un maestro de la fotografía, y sobre todo del blanco y negro), hasta el punto de que hace tremendamente cercanos a los protagonistas de la historia, todos basados en la semblanza biográfica que hiciera la esposa del finado, Deborah Curtis, quien ha relatado (dicen que con no demasiada gracia literaria, pues yo aún no lo he leído, ni sé si quiero hacerlo) su vida en el libro Touching for a distance, del que ha tomado Corbijn la esencia para realizar el filme.
Llegados a este punto entronco con lo que dije en el lejano principio de este post: nunca he sido mitómano, pero si alguien puede ser un mito para mí, ése fue Curtis. Descubrir
ahora los detalles más íntimos de su vida, sus delirios de grandeza adolescente, su rutinaria vida de currito y esposo prematuro, sus graves problemas de salud y su miedo atroz a la muerte, su indiferencia como padre, sus problemas con las incipiente fama, su infidelidad traumática (con una desconocida para mí Annik Honoré) y, cómo no, sus nimias inquietudes de ciudadano de una pequeña y hasta paleta ciudad industrial de Inglaterra; no dejan de ser una píldora difícil de tragar para un servidor. Cuanto más me acerco a los datos más descarnados de su biografía más me alejo de ese ídolo juvenil que fue para mí Ian Curtis, pero extrañamente más enardece mi admiración por su figura. Sí, por todo lo dicho anteriormente, y sobre todo por lo que supone su trágico final, pero también porque su valor como músico hace que uno no pueda por menos que preguntarse qué hubiese sido de Curtis si no hubiese terminado como terminó. Su existencialismo y miedo ante el final casi demuestran que su lógico fin tendría que ser ese, pero esa “normalidad” retratada en la peli, además de estar por lógica completamente alejada de aquello que pueda esperarse de un mito, es demasiado cruel para un admirador.
Todo pasa, y Control también pasará, a pesar de las críticas más que favorables. Para muchos, como he podido leer en posts y artículos de prensa, la peli ha supuesto el acercamiento a una personalidad completamente desconocida, pero sólo ha quedado en eso y en una fulgurante (por lo breve) aparición de los discos y demás material de los Joy en los anaqueles de “actualidad” de centros como la Fnac. Pero para algunos toda esta vorágine ha quedado en una especie de catarsis que sirve de culminación a uno de los más brillantes episodios musicales de la historia del rock. Y eso, pase lo que pase, caiga quien caiga, quedará para siempre grabado en nuestros sensibles corazones.

Os dejo, como conclusión, uno de los muchos materiales que circulan por la red de Joy Division, ese momento mágico en que los cuatro insignes imberbes acometen en directo la inigualable "Dead Souls". Ahí queda, y sólo queda despedirse, sabiendo que el deber ha sido cumplido. Loado sea Ian Curtis, desde la eterna distancia.